miércoles, 19 de enero de 2011

Nikka

Nikka es una rebelde por naturaleza. Se crió en un campamento nómada, viajando de punta a punta del desierto.
Un día, su campamento se cruzó en el camino del autoproclamado rey Olow, cuando aún no había sido derrocada la monarquía de Láciga. Olow, a punta de espada, les intentó hacer jurar la fidelidad a su régimen. Pero ellos dijeron que sólo guardaban fidelidad al aire y a las dunas. Los soldados se abalanzaron contra los nómadas y masacraron a todo el que se puso por delante.
Algunos lograron huir a lomos de sus caballos, Nikka entre ellos. Su madre (era huérfana de padre de mucho atrás) no tuvo tanta suerte.
Con sólo 10 años llegó al oasis de Edgas, donde decidió que haría lo que hiciera falta por acabar con aquel malnacido. En unos años, Olow llegó a Láciga, haciendo huir a montones de rebeldes. Entonces fue cuando conoció a Seyala y se unió a la lucha de su grupo.
Por la libertad de Amron.

lunes, 10 de enero de 2011

Calles de Láciga

"La singular arquitectura de este reino hace que las ciudades se integren perfectamente en el desértico entorno, ya que usan sobre todo mármoles y piedra de color arena para decorar las fachadas de las casas. Las calles de las ciudades son estrechas para evitar el calor en las horas centrales del día, y las casas de los menos favorecidos tienden a agruparse, construyendo unas encima de otras hasta alcanzar edificios de varios pisos."

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Nalím

Nalím es un muchacho serio y tranquilo. Disfruta de su soledad, paseando por el campamento reblede y cuidando de los enfermos. Es muy inteligente, y su sueño antes del ataque a Láciga era convertirse en un gran médico. Pero éste ataque cambió todo, incluído a él.

Después de dos años, algo lo ha hecho sonreir de nuevo, y en sus ojos se ve un brillo que anuncia grandes cambios.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La boda de una niña

Por Aisha

Ahí estaba yo. Plantada delante de unos espejos mucho más altos que yo. Un par de sirvientas me colocaban el traje, mientras mi madre se dedicaba a lloriquear en un rincón. Nunca supe por qué lloraba. El objetivo de su vida había sido siempre casarme. Era ella quien me había metido en la asquerosa academia de Rajub para tratar de hacer de mí una señorita.

Mi padre todavía no había aparecido. No parecía que le hiciera mucha gracia que me casara, pero teniendo en cuenta que llevaba años sin hablar con él tampoco estaba muy segura. No me importaba ya. Que hiciera lo que quisiera con su vida. Porque yo iba a empezar la mía. ¡Iba a ser reina!

Me miré al espejo y no pude evitar sonreír. Estaba tan guapa... Hasta parecía mayor. Me habían cortado el pelo. La melena como la llevaba (larga hasta la cintura) me hacía parecer más pequeña, así que me deshice de ella. Mi pomposo vestido blanco se ceñía a mi torso para luego caer con mucho vuelo alrededor de mis caderas. Hasta parecía que tuviera curvas. Teniendo en cuenta que solo tenía 14 años, eso era mucho para mí.

Luego me habían puesto una tiara de oro y brillantes, y joyas y brazaletes por todos lados. Me sentí como la princesa del cuento, y nunca mejor dicho. Aquel día, yo me iba a convertir en reina. Y lo iba a hacer al lado de la persona a la que yo más amaba. Me entraron ganas de reírme a carcajadas. Era verdaderamente feliz. Me entraban ganas de ir a Rajub a pasearme delante de todas aquellas viejas asquerosas y demostrarles que yo era la que más lejos había llegado.

Pero aquello no entraba en mis planes para ese día. En mis planes solo entraba casarme y ser feliz. Todavía me acordaba del día en que había conocido a Olow. Yo estaba en casa de mis padres y él fue a hacernos una visita. En cuanto me vio se fijó en mí. Y yo en él, sobra decirlo. Yo tenía 12 años, y él rondaba los 30. En cuanto pudo, consiguió que nos quedáramos a solas.

Me prometió todo cuanto yo pudiera desear. Joyas, barcos, sirvientes... Y por supuesto, me prometió que me convertiría en la reina de su Imperio. Yo solo tenía que cumplir una pequeña parte. Tenía que librarme de Onai, su esposa.

Yo hubiera hecho cualquier cosa por Olow. Y cualquier cosa es lo que hice.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El día que una sonrisa cambió mi vida

"Este es un relato "bonus", independiente de la historia en general, y está narrado por Diel, un personaje que en el libro queda un poco de lado, pero que aquí cobra todo el protagonismo que merece"

por Diel


Siempre fui un niño muy guapo. Mi madre me lo decía. Algunas niñas del pueblo me regalaban caramelos. Otras me hacían galletas. Una vez, una escribió mi nombre con un trozo de carbón en la pared de su casa. Su padre la castigó muchísimo tiempo por ello. Yo nunca le di importancia.

Para mí, yo solo era como era. Con mi pelo rubio rebelde, mis ojos verdes... Un niño guapo. Mi madre decía que sería un rompecorazones. Y así fue. Un tiempo al menos. Con la adolescencia crecí. Me hice alto, y fuerte. Y ya no solo las niñas me miraban. Hasta las chicas más mayores que yo me miraban.

Me dediqué a jugar. Un día quedaba con una, otro día me besaba con otra. Mi vida era perfecta, o eso creía yo. Solo estaba jugando, nunca me había planteado tener nada serio con nadie.

Un día, todo cambió. Las tropas de Olow arrasaron mi pueblo. Escapé por los pelos, pero perdí a mi familia. Nunca supe si vivieron o murieron, simplemente dejé de saber de ellos. Huí como pude y llegué al oasis de Edgas, donde me uní a la Resistencia rebelde.

Pasó un año y todo seguía igual. De vez en cuando llegaba gente nueva al oasis, conforme Olow iba conquistando más pueblos y ciudades. Llegaban algunas muchachas guapas. Yo siempre conseguía a la que quería, pero me cansaba pronto de ellas. Acabé por perder el interés. Para mí, ya no tenía ninguna gracia conquistar a aquellas muchachas. De manera que me centré en mi formación como soldado y espía, y me olvidé de las chicas que vivían a mi alrededor. Nunca dejé de ser cortés con ellas, y ellas siempre se acercaban a mí. Alguna vez coqueteaba con alguna para entretenerme. Pero ya no tenía sentido para mí.

Un día, empezó a llegar mucha gente al campamento. En apenas unos días el campamento había duplicado su tamaño. Tenía sentido. Olow había conseguido conquistar Láciga. Mucha gente había tenido que huir. Niños llorando, gente que lo había perdido todo. Heridos. Muchos heridos tirados en las tiendas. Por lo que contaban, la ciudad se había convertido en un infierno por unas horas.

Pasaron unos cuantos días más, y algunos aliados trajeron la lista de muertos de Láciga. Mucha gente lloró ese día. Yo solo bajé la cabeza mostrando mis respetos a los fallecidos. Después de eso, me fui al oasis a tirar piedras al agua. En momentos como aquél no podía evitar pensar en mi familia.

Cuando llegué al Oasis vi que había una muchacha sentada en el suelo, mirando al agua. Estaba sola. Me acerqué, ya que no me sonaba de haberla visto nunca antes.

Cuando llegué a su lado ella giró la cabeza rápidamente y pude ver que estaba llorando. Tenía los ojos hinchados. Era una lástima, porque sus ojos eran preciosos. Azules. Yo no recordaba haber visto unos ojos de ese color en mi vida. La muchacha me miró de arriba a abajo, y giró su cara de nuevo hacia el agua.

-¿Eres nueva por aquí? -pregunté.

-Llegué hace un par de días.

-¿Láciga?

Ella asintió, pero no dijo nada.

-Yo también perdí a mi familia por culpa de Olow. Por eso me hice rebelde. Ahora lucho para poder vencerle.

-Yo ya no se para qué luchar...

-Mírame a los ojos -la muchacha obedeció. Su pelo castaño rojizo le tapaba parte de la cara-. Encontrarás los motivos. Me llamo Diel, y estoy aquí para ayudarte en cualquier cosa que necesites.

Ella no dijo nada. Parpadeó un par de veces y sonrió. Sus dientes eran blancos, perfectos. Sus labios, rosados. Su sonrisa podría haber hecho que el sol palideciese. Había tanta calidez, tanta bondad en aquella boca perfecta... Nunca había visto algo así. Mi corazón se paró por un momento, para empezar a latir a continuación con más fuerza de lo que había latido nunca.

Entonces supe que era ella. Ella era la chica a la que había esperado toda mi vida. La mujer con la que me casaría y tendría hijos. Aquella por la que sería capaz de dar mi vida. De darlo todo.

Entonces ella despegó sus dientes perfectos para decir algo.

-Gracias, Diel. Yo soy Seyala. Encantada de conocerte.



martes, 24 de agosto de 2010

Capítulo 4 (segunda parte)

Un ruido despertó a Nalím. Alguien acababa de entrar a la sala en la que estaba encerrado. Era la muchacha rubia de antes. Se volvió a sentar donde se había sentado en su anterior visita. Nalím no se movió.

-¿Tienes hambre? –preguntó la chica con malicia, alzando una de sus rubias cejas.

El siguió en silencio. La verdad es que sí estaba hambriento.

-Sé que estás despierto –silencio -. Te traigo una oferta que no rechazarás –silencio -. Sólo tienes que contestarme unas sencillas preguntas. Y tranquilo, no será nada sobre tus amados rebeldes. Y te daré algo de cenar.

-¿Qué quieres saber con tanto interés que no puedes dejarme tranquilo?

-Me alegra saber que al menos no te has quedado sin habla.

La chica se acomodó en el banco, y se colocó de forma que, pareciendo casualidad, se le aflojaba el vestido en la zona del escote.

-Me gustaría saber tu nombre, valiente guerrero.

Nalím se quedó desconcertado por un momento. Le daba la impresión de que estaba intentando seducirlo. Le pareció un método un tanto patético, e intentó desbaratarlo.

-No soy valiente, ni soy un guerrero, y mi nombre no te interesa, así que no te lo diré.

Aisha tomó aire, el chico se lo estaba poniendo mucho más difícil de lo que se lo ponían los estúpidos hombres que solían rondar a su alrededor.

-A mí si me pareces valiente. Y además, un muchacho tan guapo debe de tener un nombre igual de hermoso que su rostro.

A Nalím le entraron ganas de romper en carcajadas. Si aquél era el mejor método que tenía el ejército de Olow para extraer información, resultaba muy ridículo. Casi prefería los latigazos a tener que aguantar a aquella arpía mentirosa. Se le escapó una risita por lo bajo.

-¿Os parecen divertidas mis buenas intenciones?

-No, me parecen patéticas.

Nalím se mordió la lengua y se arrepintió enseguida de haberlo dicho en voz alta. Eso podía traerle problemas.

-¿Os parezco patética?

-No es eso lo que quería decir.

-Pero lo has dicho.

Ella parecía irritada, herida en su amor propio. Hacía demasiado tiempo desde que la habían insultado por última vez, y aquel muchacho lo estaba haciendo impunemente. Contuvo las ganas de quitarle la espada al guarda y atravesar al muchacho con ella, respiró hondo y habló de nuevo.

-Quizá no hemos empezado bien. Yo me llamo Aisha Ynai.

Aisha tendió la mano a través de la reja, pero Nalím no se movió. Aisha Ynai… El nombre le sonaba, pero no sabía de qué. Quizá se lo había oído decir alguna vez a Seyala, no estaba seguro. Aisha soltó un bufido.

-¿Ni siquiera te vas a dignar a presentarte?

Nalím no contestó.

-Espero que para cuando venga a verte mañana estés más razonable. Seguro que otro día sin comer y un par de sesiones de latigazos te pondrán más hablador.

Aisha se levantó y salió de la sala dando un portazo. Nalím se dio la vuelta en la cama y acurrucó sobre sí mismo. Aisha Ynai… ¿De qué le sonaba ése nombre?



Nalím se despertó de nuevo. Ésta vez lo que lo había despertado era una voz. Alguien lo estaba llamando. Lo primero que hizo fue mirar hacia el ventanuco. Había una carita asomada entre las rejas.

-¡Nalím! –gritó la cara entre susurros.

-¿Quién eres? –preguntó en el mismo tono.

-Soy yo, Nikka.

-¿Nikka?

Nikka era el diminutivo de Levenikka. Aquella era una muchacha muy joven, casi una niña, pero que se había revelado como una fabulosa espía, y formaba parte de uno de los escuadrones de rebeldes.

-¿No me has oído? Ya lo he dicho, nenaza.

Nalím no pudo evitar sonreír. No había duda, aquella era Nikka.

-¿Cómo has llegado aquí?

-He trepado el muro hasta la ventana. He venido para avisarte de que los del campamento están pensando en una forma de sacarte de aquí, pero lo tienes muy difícil.

-Lo sé.

-Te he traído unas cosas.

Nikka metió el brazo por entre las rejas de la ventana, y arrojó una bolsa lo más lejos que pudo. Cayó cerca de la celda de Nalím, que alargó la mano y la cogió.

-Todos quieren que sepas que no te vamos a abandonar pase lo que pase.

-Muchas gracias. ¿Cómo están Seyala y los demás?

-Están todos bien, Seyala está ahí abajo, vigilando.

Se oyó un ruido desde el pasillo. Nikka se giró sobresaltada.

-Nalím, lo siento, tengo que irme. Aguanta, no desesperes. Todos estamos contigo.

-Adiós Nikka.

La carita desapareció tan repentinamente como había aparecido. Nalím abrió la bolsa que le habían tirado. Había algo de comida, y otras cosas que no pudo distinguir en la oscuridad. Ya lo vería al día siguiente. Se volvió acostar, pero más tranquilo. Sabía que no lo habían abandonado a su suerte. Sabía que al otro lado de aquellos muros y rejas había gente que se preocupaba por él. Con éste pensamiento se terminó de dormir.

martes, 17 de agosto de 2010

Seyala (2)



Seyala afrontaba la vida con una sonrisa. Nunca había tenido una vida fácil, pero había aprendido a ser fuerte, y a luchar. Su sueño era vivir libre, en paz, y no tener que luchar nunca más. No sabía si lo conseguiría, pero estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para conseguirlo.